No sé qué estudiar: cómo preparse para profesiones que todavía no existen

La comparación en redes y la multiplicación de opciones hacen que elegir estudios sea hoy más complejo que en generaciones anteriores.

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Junio es el mes de las decisiones. Miles de jóvenes que terminan el bachillerato se enfrentan a la misma pregunta, repetida en cenas familiares, tutorías y conversaciones con amigos: ¿qué voy a estudiar? La incertidumbre no es solo una percepción. Según un estudio de la OCDE de 2025, el 39 % de los estudiantes de quince años en sus países miembros no tiene una expectativa profesional clara. El mismo informe muestra que casi la mitad —el 47,3 %— teme no estar preparada para la vida después de la educación obligatoria, y que el 46,1 % no considera que la escuela le haya dado confianza para tomar decisiones.

Pero ¿es realmente normal no tener una vocación definida a los diecisiete o dieciocho años? ¿O estamos ante un problema de esta generación, acostumbrada a la sobreestimulación y al miedo a equivocarse? Laia Lluch, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), lo tiene claro: «No solo es normal: es esperable, y deberíamos preocuparnos más cuando ocurre lo contrario».

Para Lluch, la idea de que a esa edad alguien debe tener una vocación cerrada es «una construcción cultural relativamente reciente y profundamente desajustada respecto a lo que sabemos hoy sobre el desarrollo humano». La adolescencia y la juventud temprana, explica, son etapas de exploración identitaria, no de clausura profesional.

Cuando el cerebro todavía está aprendiendo a decidir

La presión por elegir pronto choca directamente con la evidencia neurobiológica. Las funciones ejecutivas vinculadas a la planificación a largo plazo, la regulación emocional y la toma de decisiones complejas continúan madurando hasta finales de la veintena e incluso se extienden hasta los treinta años, como señala el influyente estudio de Jay N. Giedd. «Pedirle a una persona de diecisiete años una decisión definitiva sobre su futuro profesional es, literalmente, pedirle algo que su cerebro aún está aprendiendo a hacer», subraya Lluch. Y también, «porque hoy en día ninguna decisión es definitiva».

Añade un factor cultural clave: la pregunta «¿qué quieres ser de mayor?» acompaña a las niñas y niños desde edades muy tempranas, una práctica bien intencionada pero pedagógicamente discutible. Un primer paso muy importante es tener claro lo que no se quiere ser o hacer.

El problema, insiste, no está en quienes dudan, sino en una cultura que insiste en tratar como definitiva una decisión que, en el siglo xxi, ya no lo es. Lo que sí cabe esperar a esta edad no es certeza, sino «capacidad de explorarse con honestidad, hacerse buenas preguntas y tolerar la incertidumbre».

Cuantas más opciones, más vértigo

¿Es esta incertidumbre un rasgo de la generación Z o ya ocurría antes? La experta responde sin ambages: «La indecisión vocacional no es nueva, lo nuevo es el ecosistema emocional, sociocultural y económico en el que se experimenta». Una revisión sistemática publicada en 2025 en Educación XX1 confirma que se trata de un fenómeno evolutivo y multidimensionalno de un déficit individual.

La también investigadora del grupo GREDU (Grupo de Investigación en Educación) identifica cinco factores que actúan simultáneamente sobre los jóvenes actuales:

Primero, la paradoja de la elección que describió Barry Schwartz: cuantas más opciones (dobles grados, itinerarios internacionales, microcredenciales), más difícil resulta decidir y más insatisfacción produce la decisión final.

Segundo, la comparación social permanente en redes, donde se exponen a narrativas idealizadas de «vocaciones encontradas» que generan la falsa sensación de que todo el mundo lo tiene claro menos uno mismo.

Tercero, la precariedad estructural y la crisis climática, que instalan una incertidumbre de fondo sobre qué futuro es posible.

Cuarto, la presión familiar y meritocrática, que sigue interpretando la elección como una decisión que «define la vida».

quinto, la irrupción de la inteligencia artificial, que reconfigura aceleradamente qué profesiones tendrán sentido dentro de diez años.

«No es que esta generación esté más perdida —concluye Lluch—: está decidiendo en condiciones objetivamente más complejas que cualquiera de las anteriores. Y, aun así, decide».

La vocación no se descubre, se construye

Frente a la angustia por no tener una «vocación clara», Lluch apunta que «la vocación se construye a través de la prácticael compromiso sostenido y la experiencia de competencia«. Además, para un determinado perfil, el mandato de «encuentra tu única pasión» es contraproducente. La psicología vocacional viene describiendo desde hace décadas el fenómeno de la multipotencialidad: personas con intereses diversos que no se reconocen en la imagen de una vocación única.

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