Diez recomendaciones para un uso saludable de la tecnologĂ­a

Poner límites claros pero flexibles y, sobre todo, acompañar a los más jóvenes en este camino hacia la madurez digital nos hará disfrutar de todos los beneficios de la tecnología sin comprometer nuestro bienestar emocional.

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La tecnología ha dejado de ser un complemento para convertirse en el eje central de nuestra forma de vivir, divertirnos, trabajar y relacionarnos. Su impacto es, en la mayoría de las situaciones, profundamente positivo: nos ofrece acceso instantáneo a la información, facilita la comunicación global y permite automatizar tareas que antes nos robaban horas de vida. Aun así, esta revolución digital nos plantea un reto mayúsculo: ¿cómo mantener una relación sana con las pantallas sin que acaben absorbiendo nuestro bienestar?

En este artículo, Antoni Baena Garcia, director del máster universitario de Salud Digital (E-health) de la UOC e investigador del grupo de investigación eHealth Digital Lab del eHealth Centre: Centro de Investigación en Salud Humana y Planetaria (UOC-eHealth), comparte algunas recomendaciones para un uso saludable de la tecnología. ¡Toma nota!

Antoni Baena. Doctor en investigación Psicológica. Director del Máster Universitario en Salud digital (eHealth) y PDI de los Estudios de Ciencias de la Salud (ECS). Miembro del grupo de investigación eHealth Lab de la UOC, Coordinador del grupo de trabajo d’ePsicologia del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya (COPC).
  1. El papel de la familia: ser un modelo a seguir. El uso ético, consciente y limitado de la tecnología por parte de las familias es la mejor herramienta educativa. Si los referentes usan los dispositivos con un propósito claro (trabajar, informarse, ocio puntual), especialmente ante los menores, estos aprenderán a no verlos como una extensión inseparable de la mano.
  2. Establecer espacios libres de tecnologĂ­a. La hiperconexiĂłn puede erosionar la calidad de los vĂ­nculos familiares. Hay que definir momentos y lugares donde el mĂłvil no tiene cabida, como, por ejemplo, durante las comidas o las conversaciones importantes. Esto refuerza el valor de la presencia fĂ­sica y la atenciĂłn plena.
  3. Velar por una comunicación abierta y una escucha activa. La prohibición suele ser el camino más rápido, pero también el menos efectivo a largo plazo. El miedo a la represalia hace que los jóvenes oculten sus problemas digitales (ciberacoso, contenido inadecuado). Es vital establecer un diálogo constante con los niños y niñas sobre lo que ocurre en la red, fomentar la escucha activa y la confianza, y no juzgar las experiencias digitales de nuestros hijos o hijas.
  4. Crear un plan familiar de uso de la tecnología. Del mismo modo que tenemos horarios para la escuela o las actividades extraescolares, el mundo digital requiere un marco regulador en casa. Un plan familiar escrito, consensuado y firmado por toda la familia puede ayudar a evitar conflictos. Este documento debe definir el tiempo, el contenido, las aplicaciones, los juegos, los dispositivos y los espacios donde está permitida la tecnología.
  5. Establecer límites de espacio y tiempo. La tecnología nunca debería sacar horas a las necesidades básicas como el sueño, la actividad física o el estudio. En este sentido, es recomendable no superar las dos horas diarias de tecnología recreativa, además de no utilizar las pantallas una o dos horas antes de ir a dormir y promover el juego o la navegación en lugares comunes de la casa (el salón, por ejemplo) hasta que el menor o la menor demuestre suficiente madurez para realizar esta actividad en su dormitorio.
  6. Hacer un abordaje positivo de los videojuegos. Uno de los grandes tabúes de la crianza digital son los videojuegos. Sin embargo, tienen un potencial educativo enorme si se utilizan bien. Son auténticas máquinas de aprendizaje que fomentan la creatividad, la cooperación y la resolución de problemas. En este sentido, es recomendable que las familias hablen de los videojuegos en casa, que procuren jugar en familia y que consulten la clasificación PEGI de los juegos o incluso que los alquilen y los prueben antes de adquirirlos.
  7. Educación en valores digitales y privacidad. La alfabetización digital y conocer los riesgos son las mejores herramientas de protección en internet. Hay que hablar abiertamente sobre el ciberacoso, el sexting, el contacto con desconocidos y la gestión en línea de los datos personales. La privacidad es un derecho que debe protegerse desde la primera vez que los y las menores se conectan.
  8. Potenciar el pensamiento crítico. Hay que enseñar que las fotos subidas a las redes sociales suelen tener filtros (físicos y psicológicos) y que no todo lo que leen o ven en internet es verdad. El pensamiento crítico es el mejor escudo contra la desinformación.
  9. Promover el respeto. Es necesario enseñar a los jóvenes que el respeto debe ser el pilar de cualquier interacción en las redes sociales. Hay que recordarles que detrás de cada perfil, aunque sea anónimo, hay una persona y que es importante no difundir rumores, no participar en linchamientos digitales y respetar la imagen de los demás en todo momento.
  10. Alfabetización en salud digital. Formarse en salud digital es una necesidad ciudadana. Comprender cómo la tecnología afecta a nuestra biología y nuestra psicología nos permite tomar el control y hacer un uso más ético, responsable y positivo.

En resumen, la clave de una vida digital saludable no reside en el aparato, sino en su uso. Establecer diálogos abiertos, poner límites claros pero flexibles y, sobre todo, acompañar a los más jóvenes en este camino hacia la madurez digital nos hará disfrutar de todos los beneficios de la tecnología sin comprometer nuestro bienestar emocional. Y es que, sin duda, la mejor red social sigue siendo una mesa compartida con la familia, donde las pantallas están apagadas y la atención es total.

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